domingo, 13 de enero de 2019

gx


2014

Son las once de la noche, mis párpados se caen. Aprovecho el momento y apago la computadora, las luces, la música. Me echo en la cama, me tapo con un par de frazadas, cierro los ojos y el sueño desaparece.
Él tampoco puede dormir.

2019

Felizmente.
No me vengas a decir ahora que te enamoraste.
No.
No me vengas con esas cosas, ahora que el fuego se apagó y tus caricias se esfumaron de mi piel.
No cariño.
Tu cuarto de hora paso.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Corina


Se miró al espejo, sacándose uno a uno los ruleros, dejando caer los bucles dorados gracias al tinte que su mamá le había aplicado el día anterior.  Abriendo mucho los ojos, aplicó máscara sobre sus pestañas muy despacito para que éstas no se pegaran entre ellas. Juntó los labios mientras se aplicaba el gloss rosado. Con una brocha se aplicó rubor en las mejillas, y con una esponjita se llenó con polvos blancos para resaltar sus mejores ángulos. Iba a ser la envidia de todas sus amigas. Sus brillantes zapatos rojos la esperaban ansiosos a ser probados al pie de la cama. Ella, con el vestidito lleno de encajes y sus bucaneras color rosa, posó sus pequeños pies sobre ellos, calzándolos con delicadeza, sintiéndose una princesa. Sí, eso, ella era una princesa, la más linda de todas. Sus guantes rosas reposaban sobre su cama, junto a su sombrilla. Este sería su primer té del año y todo tenía que salir perfecto. Corrió a la cocina y llenó la canasta con los postres que su mami le había preparado para la ocasión.

-         -             ¿Ya tienes todo listo hijita?
-         Sí mami – dijo mirándose nuevamente al espejo, tocando su cabello - ¿Me dejo los bucles sueltos o los recojo con un moño?
-         Así estás perfecta princesita.

Se despidió con un beso y se fue dando saltitos al parque. El sol iluminaba su camino. Ella feliz con su canasta en la mano y la sombrilla en la otra, saludaba a todos los rostros que se le cruzaban en el camino. Fue la primera en llegar así que se puso a armar el té. Sacó su mantel a cuadros rojos y las tacitas de porcelana china. En eso aparece Mimí, con un vestido color celeste parecido al de ella, pero no igual, nunca igual, no podría igualarla jamás. Tenía una vincha color blanca con un moñito en el medio. Ella la saludó con un beso mientras le servía el té.

-       -  ¡Corina! ¡Pero qué lindo vestido! – le dijo Mimí
-       -  Gracias, tú también te ves divina – dijo cogiendo unos pastelitos en un platito - ¿Te gustan las medialunas dulces?
-      -   Sí, pero solo me como una, ya sabes, estoy a dieta – Corina sonrió por debajo – Mira ahí viene Agustín – dijo Mimí con una sonrisa pícara a su amiga

Corina no podía disimular lo mucho que le gustaba Agustín. De inmediato, sus mejillas se pusieron más rojas de lo que ya estaban por el rubor y comenzó a sudar - se moría de vergüenza. Unas gotas comenzaron a caer sobre su rostro, había comenzado a garuar. Disimuladamente sacó un pañuelo de la canasta y un espejito del bolsillo, y comenzó a limpiarse las gotitas que iban cayendo de su frente.

-        - ¡Hola chicas! ¿Cómo están?– dijo Agustín, acercándose a cada una de ellas, dándoles un beso en la mejilla
-         - Todo bien, ¿Quieres una medialuna? – le ofreció tímidamente Corina.
-         - Sí – dijo Agustín con una sonrisa de oreja a oreja.

En un platito, ella empezó a poner un pastelito de cada clase para Agustín, mientras lo miraba, rojísima de la vergüenza. Alguien se acercaba a ella por detrás, observándola con sus amigos. Corina estaba tan nerviosa con la presencia de Agustín que no se dio cuenta del sujeto.

-         - Eh chica… ¿Estás bien? ¿Con quién hablas?

Agustín y Mimí se quedaron mirándola. Corina se quedó pasmada.

-         - ¿No me vas a hablar? – ella seguía sin responder – bueno nena, te dejo hablando sola, pero cuidado que te afanan las medialunas – dijo yéndose en tono burlón.

Corina miró a sus amigos y estos comenzaron a desvanecerse poco a poco con la lluvia. Su maquillaje corrido, su vestido mojado. El té se había arruinado. Se puso a llorar en silencio. Nunca se había sentido tan sola.

jueves, 18 de febrero de 2016

Emperatriz

Emperatriz mide un metro y cuarenta centímetros. Tiene brazos rechonchos, ojitos maliciosos de esos que se mueven al percibir el éxito del resto y usa por supuesto zapatos de tacón superior a los 10 centímetros. Trabaja de Contadora en el despacho del Doctor Mariño. Su jefe en sí no es doctor, pero estudió derecho unos ciclos, lo abandonó, pero cómo su papá era decano de la facultad lo hicieron graduarse hasta con honores. En fin, el Doctor Mariño tiene una mina en un pueblito escondido en la sierra y necesita a alguien que le vea las cuentas, mejor dicho necesita a alguien que le ayude a tapar sus cuentas. Tiene tantas que ya perdió la cuenta. Pero eso no es lo importante. Lo que importa es que Emperatriz está ahí para lo que él necesite.
Esa mañana, ella despertó como todas a las seis en punto. Su marido seguía durmiendo. Si, Emperatriz tiene marido, es un hombre muy delgado, alto que siempre tiene problemas con los mosquitos. O al menos eso le dice a Emperatriz puesto que siempre llega con el cuerpo cargado de chupetones. Ella lo miró de reojo, tratando de no contar los nuevos chupetones que traía en la espalda desnuda y le dio un beso en la mejilla. Papito no te olvides de llevar a la nena al colegio. El marido al escuchar a su mujer, comenzó a roncar. Emperatriz salió de la cama, se quitó el pijama y se dio una ducha, pensando en que si, quizás no era muy feliz, pero al menos tenía marido, una hija. Ella tenía una familia bien constituida, no como el resto de mujeres frustradas que son madres solteras o peor esas solteronas que dan pena, todo el tiempo regalándose a los hombres.
Salió de la ducha, ya cambiada con su sastre y sus tacones número 12. Su hija aún dormía y su empleada (sí, es que ella tiene empleada) estaba sirviéndole el desayuno.

-        Estoy a dieta ¡Ya te dije que no como pan!
-        Lo siento señora… ¿entonces le hago un juguito?
-        ¡Ya me tengo que ir a trabajar! Te tengo por las puras, no te olvides de llevar a la bebe al colegio si es que mi marido no despierta y claro de prepararle su lonchera, aunque sabes que ¡A ver enséñame lo que le vas a mandar!
-        Es fruta – dice la muchacha abriendo la lonchera de la niña – platanitos y fresas cortaditos, su juguito en cajita y un pancito con jamón
-        ¡Pero cómo has cortado esa fruta! Esta toda desigual, horrible, el plátano se ve marchito, tienes que aprender, cuantas veces te he dicho… por Dios, no sé porque sigues trabajando aquí
-        Lo siento patrona, lo volveré a hacer
-        ¿Y vas a botar la fruta? ¿Crees que es gratis?
-        No patrona, pero ya la guardo para un jugo
-        Jugo... ¿no? ¡Seguro te la vas a tragar! Ya, déjalo así nomás y dame mi lonchera, más te vale que sea algo light
-        Estofadito de carne señora, con frijolito
-        ¡Pero me has cargado de arroz! ¿Tú estás loca no? ¿Qué quieres que engorde?
-        Hay no señora ¿se lo saco?
-        ¡No! Lo voy a botar, prefiero eso a que te lo estés tragando con el cuento de “lo voy a botar” “lo voy a guardar”
-        Lo siento patrona
-        Ya, ya, yo me voy, ya sabes ordena bien todo y deja las cosas listas para el almuerzo que Lucho despierta con hambre
-        Si señora

Emperatriz carga su lonchera y su cartera y sale de su casa rumbo al paradero de buses. Es que no tiene auto. En realidad tiene uno en la casa, pero lo usa su marido y ella no lo usa porque el marido le dice que lo usa para trabajar. Entonces Emperatriz sube a su combi y va por Lima unos 40 minutos hasta la oficina de Mariño. Llega llena de sudor y fastidiada porque odia las combis, como es pequeña todos la empujan y la pisan. Cuando está cruzando la pista del paradero para llegar a su oficina, su celular comienza a sonar, ella mete las manitos en su cartera y contesta.

-        ¿Emperatriz?
-        Sí jefe, buenos días ¿En que lo puedo ayudar?
-        ¿Ya llegaste?
-        Sí jefe, estoy en la puerta del edificio
-        Ya, ven a la cochera, tenemos que hablar, apúrate y que no te vea nadie

Emperatriz sonríe, tiene la ligera esperanza de que el jefe la llame para algo más que ver cuentas, puesto que le ha echado el ojo hace muchos años y secretamente, moriría por ser una de las tantas amantes que tiene él. Entonces va corriendo y llena de felicidad al sótano, donde él la espera dentro de su auto.  Al verla llegar, él le hace una seña con la mano. Dos hombres custodian la camioneta del Doctor, uno de ellos le abre la puerta, ella ingresa sonriente.

-         Buenos días doctor
-        Hola Emperatriz… escucha, necesito que desaparezcas el trato con Armando
-        ¿Cómo?
-        El trato con Armando, los contratos, las transferencias, todo, quiero que lo hagas humo
-        Pero... ya todo está bien avanzado, las cosas están yendo… - él la interrumpe
-        ¡Desaparece todo! ¿Me escuchaste? ¡Todo! – grita con el rostro ligeramente colorado
-        ¿Se encuentra bien jefe?
-        Sube y borra todo, todo ¿me escuchaste?
-        Sí jefe

Mariño comienza a sudar, ve a su seguridad inquieta.

-        ¿Pasa algo? – grita el Doctor
-        No salga del auto doctor
-        ¿Qué sucede jefe? – pregunta Emperatriz
-        ¡No sé! ¿Qué coño voy a saber? Joder tienes que borrar lo de Armando, de una vez
-        Si, en este instante – dice abriendo la puerta de la camioneta, mirándolo de soslayo, contemplando los ojos verdes de él.


Emperatriz pone un pie fuera de la camioneta, levanta la cabeza y una bala procedente de la parte trasera le atraviesa la cabeza. El doctor se asusta, empuja el cuerpo y cierra la puerta con cerrojo, mientras el sonido de las balas retumba el estacionamiento del edificio.

martes, 7 de abril de 2015

La maleta

- Ayer... - empezaste a decir, tus labios temblaban.

Yo seguía mirando la pared, mientras una niña sonriente a mi lado, me daba cuerda sin parar. Me daba cuerda de una manecilla que sobresalía de mi cintura. Me daba cuerda para que yo baile. Tu hablabas, me contabas, me decías cosas que yo no quería escuchar. Seguías repitiendo lo que ya sabía. Y la niñita me sonreía, me daba cuerda, me daba ánimos. 

- No puedo evitarlo - me dijiste rompiendo en llanto

Miré a la niñita y me percaté de que tenía unos ojos muy bonitos. Eran grandes, castaños, eran tus ojos. Le sonreí y acaricie su cabello lleno de tonalidades, como el tuyo, como el mío. La niñita tenía un lunar bajo el ojo izquierdo, seguro era porque me lo miraba tanto frente al espejo cuando ella vivía en mí. Y sonreía lindo, tan lindo. Cómo cuando tu y yo estábamos conscientes.


No sé por que lo dije. Solo se que tu dejaste de hablar, de llorar, de gritar. Te acercaste a mí, seguiste mi mirada que se apagaba junto a la imagen de Aurelia que se desvanecía.

- Quizás tú también deberías...
- No - te corté - yo no - te dije mirando tus ojos grandes, castaños, los ojos de Aurelia. - Uno de nosotros tiene que estar consciente, mientras el otro no lo esta. ¿No te parece?
- No estas bien, yo tampoco. Necesitamos estar bien.
- Yo estoy bien. Te juro que estoy bien. Ahora... termina la maleta. Terminala y vete ya.


lunes, 20 de octubre de 2014

Shh...



Me lo dijo de noche. Me lo dijo bajito, cómo si fuera un pecado. cómo si fuera prohibido.
 

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