domingo, 10 de marzo de 2013

Aquello que no me diste



Cuando las vi, yo estaba feliz. Había pedido un jugo de fresa, galletas y estaba junto a un grupo de personas algo locas cómo yo, con las que me reía sin parar. Pero llegó un momento en el que tuve que ir al baño y camino a este las vi.
A pesar de su tamaño, se posaron cómo una sombra negra sobre mí y borraron mi sonrisa de inmediato. Ya habían pasado un par de meses desde la última vez que sabía noticias sobre aquello. Y el saber sobre esto, más que odio o cualquier otra cosa, me provocaba dolor. No me malinterpreten, nadie me dejo plantada sobre el altar, me botó del trabajo, termino conmigo, ni tuve un aborto o me sacaron la vuelta. No. Simplemente alguien me ilusionó con lo que más quería en la vida y luego… dijo “no”. Aunque ahora que lo pienso, quizás ese dolor sea comparable a todos los que he mencionado.
Pues ahí estaba yo, de pie frente aquellas postales que mostraban aquella marca, de aquella vez, de aquella oportunidad, de aquellos sueños rotos, de aquellas ilusiones destrozadas con una mirada esquiva, con el rostro duro, pesado, cayendo sobre mí en un falso beso.

-   Si quieres hazlo, por mí no hay problema, pero… bueno, vas a tener que…
-     ¿Mejor porque no me dices que no? Total, está escrito en tu rostro
-   Mira, mejor hay que darle tiempo al tiempo, ahora todo está muy difuso… ¿entiendes?
-   Entiendo que eres un pelotudo, nada más
-   Oye tampoco me ofendas
-    No soy oye, no puedo creer que me hallas mentido
-   No te he mentido, ya te he dicho hazlo nomás, o sea hazlo yo no tengo tiempo para ocuparme de eso, así que mira, mejor…
-   Mejor te vas a florearle a otra persona
-   No, Jules, no te pongas así – dijiste posando tu pesado rostro, tus labios usados, maltrechos, arrugados sobre los míos – entiende que mejor le damos tiempo a que las cosas se calmen
-   Por eso las mujeres te dejan, eres un pelotudo – dije con la poca dignidad que aún me quedaba y salí de su auto.

Las toque, casi acaricie que fue lo peor y saque una. Anunciaba algo que debió ser mío, algo que ahora pertenecía a alguien más y el dolor se hizo más profundo. Sin exagerar, sentí como si me hubieran apuñalado el pecho, justo donde tenía esa herida que nunca terminaba de cicatrizar. La devolví al estante donde había casi cien de ellas y corrí al baño. No lloré. No pude gritar en voz alta. Pero grite tanto para mis adentros, que la garganta me comenzó a arder. ¿Por qué? Me pregunté, esperando que alguna de las voces de mi cabeza me diera una respuesta sensata, pero ninguna lo hizo. Así que me eche agua en el rostro, oriné, lave mis manos y salí del baño para rencontrarme con aquellos personajes con los que hasta hace poco estuve riendo sin parar.
En algún momento la risa entre todos fue insostenible y decidimos salir de dicho café cultural que más parecía una discoteca por el volumen de la música, a algún lugar más tranquilo para seguir conversando tonterías. Fue ahí, antes de pagar que pensé: ¿A caso tengo que dejarlas ahí, vivitas y coleando para que todos puedan llevarlas a casa? ¿Qué me impide sacarlas de ese estante? ¿Alguien se daría cuenta?

-    ¿Ariel?
-   ¿Sí?
-   ¿Me ayudas a hacer algo y no dices nada hasta que concluya con el cometido?
-   ¿Me vas a besar?
-    Quizás después, ahora quiero un favor – dije tocando su muñeca y jalándolo al estante
-   Ten – dije cogiendo en mis manos las cien postales – escóndelas
Se levantó de inmediato el polo negro y metió las postales debajo de su pantalón. Bajo el polo y salió del café, seguido por mí.
-   Ven, vamos al basurero
-    ¿vas a botarlas? Al menos déjame ver una – dijo sacándolas de su escondite
-    Es una larga historia, algún día te lo contaré – dije quitándoselas y arrojándolas al basurero.

Dentro del tacho público, las postales me miraban rendidas. Y yo sentía una victoria al verlas desechadas, sin la posibilidad de que alguien que no sea el basurero pueda verlas. En ese momento, la cicatriz imaginaria en mi pecho, comenzó a escocerme, pero no le hice caso y salí de ahí.
Ha pasado ya un mes de la primera vez que boté aquellas postales. Y en todo ese mes, no me he cansado de visitar cada bar, tienda, café y restaurante donde tengan estantes con postales en todo Miraflores y San Isidro. Siempre es lo mismo. Voy con amigos, me mato de risa con ellos, pido alguna comida feliz y desaparezco las postales. Cada vez que las veo en el basural, me prometo que será la última vez, que me voy a olvidar del tema y las tengo que dejar pasar. Pero no puedo. Simplemente no puedo. Las veo ahí, todas felices, riéndose ante todos, riéndose de mí. Y me dan ganas de cortarlas en pedacitos, pero cómo no puedo, sólo atino a desecharlas y luego correr a los brazos de alguno de mis acompañantes, mientras prendo un cigarrillo y lo sostengo entre mis labios temblorosos. Nunca más repito, pero sé que es inútil por ahora. La cicatriz no deja de escocerme. Más aún ahora, que mientras escribo esto en un café miraflorino, las postales sobre su estante, no paran de reírse de mí.

miércoles, 13 de febrero de 2013

¡Mágicos fuegos artificiales!


Al pie de la cama, estas sentado con un libro en las manos. De cuando en cuando sonríes. Pero tus ojos se están fuera de las páginas de "Norwegian Wood". Están perdidos en la nada.
¿Realmente estas leyendo o será que tu mente esta en Boo Ya' Moon?
A fuera el ruido es infernal. A veces siento que estoy en medio de una guerra. Tú a pesar de ello, sigues sonriendo. El libro suavemente se desliza de tus manos hacia la cama y luego cae al piso. Tu sonrisa sigue ahí. Quieta. Incolora. Triste.
Poco a poco se desvanece de tus labios delgados y ahora pareces volver a la realidad. A aquellos sonidos de guerra.
Caminas por la habitación. El ruido infernal, no me deja pensar. Pero necesito hacerlo. 
Te levantas de la cama. Te aprietas la cien con ambas manos. Parece que fueras a estrujarte la cabeza con ellas. Tu rostro se enrojece. 

— Te extraño — la palabras se escapan de tus labios

Abres los cajones, tiras la ropa. Sacas una maleta. Metes un poco en ella. Metes mi ropa en tu maleta. Un frasco de pastillas rojas caen al suelo. Tú rostro enrojecido, triste, sudoroso, perturbado.

— ¿Cómo? — me preguntas y suena tan irreal 

Caes a la cama, cómo un bulto seco. No lloras. No haces ruido. Pareces eso, solo un bulto seco.
Los fuegos artificiales estallan con más fuerza. La calle infesta de olores, colores y gritos. Tus manos intentando tocarme. Mis manos frías intentando tocar las tuyas, desaparecen.

domingo, 27 de enero de 2013

Delirios de la mujer que amó demás



Nunca me importó el amor hasta hoy, dijiste con tus labios pintados de rojo.
A veces pienso si realmente me importa el amor, o es sólo el deseo de querer estar contigo. Contigo, repetiste aun sonriendo más.
Si fuera amor, quizás esto no sería egoísta. Al decir esto bajaste la cabeza y te miraste los zapatos de tacón.
Tengo miedo que al calmar mis ansias pierda todo. Parecía que tus uñas iban a arrancarte la piel. Te pellizcaste tan fuerte que hasta yo me asusté.
Tengo miedo que te vayas. Cuando dijiste eso, me fije que tus ojos parecían a punto de estallar en llanto.
Ayer fue tan bonito todo. Ahí tu sonrisa volvió. Pero tus ojos siguieron tristes.
Aunque no sé. Te miraste otra vez los zapatos.
Quizás sólo sea mi imaginación. Acariciaste tus manos lastimadas.
¿No? Dijiste mirándolo a lo lejos.
No, no es mi imaginación. Le sonreíste a lo lejos.
Esos momentos vuelven a mi memoria, vuelven tus miradas, vuelven tus besos, tus manos calientes, mis manos frías. El café Dellaville, testigo de todo lo que somos. Ahí fue donde una lágrima tuya rodó por tu mejilla. Tus uñas se clavaron otra vez en tu piel.
Y yo pensando en cosas que no son. Te secaste la lágrima y sonreíste.
Sería increíble DESAPARECER SÓLO 5 MINUTOS. Tu sonrisa creció.
Desaparecer contigo. Creció más.
SÓLO CINCO MINUTOS. Casi gritaste, pero él no te oyó.
Dame un poco de tu tiempo. Ahora mejor ya no me contestas. O contesta lento, tarde. Siempre contestas tarde. Tu sonrisa se borró de repente de tu rostro.
YA NO HAGAS NADA. Le gritaste.
Ya hiciste mucho, ya diste mucho. Dijiste en voz baja. Un susurro. Parecía que te hablabas a ti misma.
Estás desapareciendo cómo un mal recuerdo. Tus ojos se abrieron al decir esto. Yo me asusté.
Un recuerdo insano. Al pronunciar esto, tu labio inferior comenzó a temblar.
Delirante. Dijiste sonriendo.
Audaz. Te demoraste en pronunciar la zeta. El seguía sin verte.
Un recuerdo que lo fue todo y quizás nunca fue nada. Él volteo, pero no te miró. Tú empezaste a temblar por completo.
Aun te sueño a escondidas de mi cordura. Tus brazos, abrazaron tu cuerpo frágil. Tus uñas se clavaron cómo tenazas en ellos.
Aun te extraño a medias. Tu voz se apagaba poco a poco.
LA LLAGA ESTÁ ABIERTA. Gritaste. Parecías muerta de dolor.
DÉJALA CICATRIZAR, POR FAVOR. Chillaste. Tu piel sangraba. Él te miro a lo lejos. Cruzó un par de palabras con la policía y se fue. Tú cuerpo frágil cayó al suelo. Le sonreíste a lo lejos y lloraste en silencio.

domingo, 20 de enero de 2013

Un día perfecto en Nuevo Hampshire





El cuerpo aún estaba fresco. Pero a ella, eso no le importó.
Apenas se enteró de la noticia, compro el ticket más próximo a Nuevo Hampshire.
El camino en bus, le recordó a la primera vez que se subió en uno, para encontrarse con él.
Tenía quince años en ese entonces, y era una chica con ojos ansiosos que moría por ser escritora. Y no es que haya dejado de morir por ello, es que en ese tiempo era una niña tonta. Se había ilusionado con los cuentos del misterioso escritor, que se rehusaba a ser famoso. Se dejó tentar, tocar, besar. El viejo escritor le pedía a gritos que se quite la ropa. Tenía miedo. Entonces el viejo se acostumbró a contemplarla, tocarla, acariciarla, hasta que ella logró escapar.
Estuvo casi tres meses encerrada en su casa.
Su madre la buscó por todo el país, temiendo lo peor. Y quizás lo peor para su madre era que ella estuviera muerta, al final nunca se enteró que un viejo pedófilo la tuvo secuestrada esos meses. Su hija le dijo que se había escapado con su novio del colegio. Que estaba arrepentida, que por favor la perdonara. Su madre buscó al novio por todos lados, pero nunca apareció, porque no existía. Luego olvidó el asunto, su hija cumplió la mayoría de edad y se fue a vivir a la ciudad.

El entierro sería en estricto privado a las tres de la tarde y duraría un par de horas. Tiempo suficiente para entrar a la casa y robar los manuscritos de la caja fuerte del viejo.
La casa estaba cercada por periodistas que se iban poco a poco tras el féretro. Cuando todos se fueron, se metió a la casa por la puerta trasera. La peste de la piel resinosa del viejo escritor estaba en todas partes. Por un momento creyó sentir sus manos sobre su piel virgen y asustada de quince años. La piel se le erizó, pero no la detuvo hasta el sótano, donde sabía estaba la caja fuerte.
La buscó por todos lados, sin encontrarla. Había un colchón lleno de orines, una muñeca rota y platos sucios con restos de comida. ¿Ahí habría vivido el viejo sus últimos días?
Subió a la primera planta y empezó a buscar en las habitaciones. Nada. Había quitado todos los cajones, reventado los colchones, arrancado todos los cuadros. Y nada. No había ni una caja fuerte.
Indagó en la cocina, la sala, el comedor, el estudio. Nada.
Parecía que la caja fuerte no hubiera existido nunca.
Tampoco había ni un sólo papel escrito por el viejo. O su mujer había limpiado todo, o alguien se le había adelantado.

Debió volver antes, cuando el viejo estaba vivo. Pudo matarlo con sus propias manos. Pero no lo hizo. Y tampoco le contó a nadie lo que vivió. Se quedó callada, como todas esas chicas que escaparon de él. Niñas, ahora adultas que no pueden dormir por las noches, porque sienten sus manos estrujándoles la piel. Esas que frustraron sus sueños y se quedaron estancadas en ellos, porque cada vez que querían escribir, veían al viejo con una pluma escribiéndoles sobre el vientre.
Lo único que le quedaba eran esos manuscritos, si aún existían.
Subió al desván con su única esperanza bajo el brazo. La puerta tenía un candado. Sonrió. Ahí tenía que estar la caja fuerte. Sacó un gancho de su cabello, abrió el candado y entró.

El olor a moho y orines estaba dentro de toda la habitación. Al igual de cientos de papeles regados por todos lados. Abrió la cartera, sacó unas bolsas porta papeles y empezó a recolectar las hojas sin leerlas. Una por una las fue metiendo, hasta que cuando levantó un par de un grupo amontonado se topó con una mano.
Estuvo a punto de dar un alarido, pero se contuvo. Sacó la linterna de su bolso y la iluminó. Era pequeña y no se movía. Levantó más papeles y los guardo en su bolso. Poco a poco la silueta de una niña pequeña no mayor de cinco años apareció. Estaba descalza y lucía un vestidito amarillo casi incoloro.
Se preguntó cuánto tiempo llevaría ahí. ¿Estaría viva?
Escucho el sonido de unas llaves en la casa. Quien hubiera vivido con el viejo, estaba volviendo.
Cerró la puerta del desván y metió todos los papeles que pudo en su cartera.
La niña comenzó a moverse sobre los papeles. Sus ojos asustados se encontraron con la extraña que se llevaba todos los papeles del viejo.

Dejó el bolso en el suelo y se acercó a la niña. Esta la miró con desconfianza, pero dejó que la alzara en sus brazos. Tranquila, le susurró. Te sacaré de aquí.
La voz de una mujer llegó desde la primera planta, hablaba con alguien. Levantó el bolso cargado de papeles, al igual que la bolsa repleta de más de estos. Y se acercó a la puerta del desván.
Tenía que salir de ahí de una vez. Si la encontraban, podía ir presa.
Miró por el filo de la puerta. La mujer que hablaba en la primera planta era la esposa del viejo escritor. Tenía una botella de vino en la mano y un par de copas en la otra. Despacio bajó las escaleritas del desván, la niña en sus brazos se inquietó y quiso bajarse. La miró a los ojos y le susurró que no haga ruido, pero la niña ya se había echado a llorar.
La esposa del viejo salió de la sala junto a otra mujer y vieron a la niña en brazos de la joven. Se le quedo mirando con los ojos pasmados.
La joven apretó los manuscritos y sin quitarle la mirada a la esposa del viejo escritor, avanzó hacía la puerta trasera de la casa. La abrió y salió corriendo con la niña llorando aún en brazos.

Ya en la carretera, no podía creer lo fácil que había sido todo. Tenía los manuscritos en su poder. Su futuro. Su inmortalidad. Todo él.
En plena noche, estacionó en medio de la carretera y bajo con la vida del viejo en las manos. La acomodó en el suelo árido, le echo una botella de ron encima y lanzó un cerillo prendido.
La niña bajó del auto y se paró a su lado. Ambas veían cómo se consumía la vida del viejo en un minuto. Sin querer se tomaron de la mano y volvieron al auto.

jueves, 10 de enero de 2013

Esas cosas que no nos dijimos


Esas cosas que no nos dijimos
hasta ahora me quitan el aire
me provocan espasmos
me tapan los oídos
me han nublado la vista

Esas cosas que no nos dijimos
no quieren morir
bailan con el viento al anochecer
me golpean, me afligen
me hacen verte a través de mi ventana

Esas cosas que no nos dijimos
me atormentan
me arrastran
me hacen llorar
me hacen extrañarte

Esas cosas que no nos dijimos
están tan presentes, cuando no estas presente
están ahí enseñándome cosas,
formas, colores, palabras,
imágenes incoloras que duelen

Esas cosas que no nos dijimos
se aferran a mí
flotan en el mar
y te hacen brillar desde Londres
para seguir viéndote desde la gris Lima

martes, 11 de diciembre de 2012

Canciones de cuna para un muerto #1

Y cuando llegue, tu ya no estabas....
 Vi pedazos de mi alma regados en todas partes.
¿Ese era tu plan? lo haz logrado. Me haz matado.

 

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