miércoles, 25 de mayo de 2016

Corina


Se miró al espejo, sacándose uno a uno los ruleros, dejando caer los bucles dorados gracias al tinte que su mamá le había aplicado el día anterior.  Abriendo mucho los ojos, aplicó máscara sobre sus pestañas muy despacito para que éstas no se pegaran entre ellas. Juntó los labios mientras se aplicaba el gloss rosado. Con una brocha se aplicó rubor en las mejillas, y con una esponjita se llenó con polvos blancos para resaltar sus mejores ángulos. Iba a ser la envidia de todas sus amigas. Sus brillantes zapatos rojos la esperaban ansiosos a ser probados al pie de la cama. Ella, con el vestidito lleno de encajes y sus bucaneras color rosa, posó sus pequeños pies sobre ellos, calzándolos con delicadeza, sintiéndose una princesa. Sí, eso, ella era una princesa, la más linda de todas. Sus guantes rosas reposaban sobre su cama, junto a su sombrilla. Este sería su primer té del año y todo tenía que salir perfecto. Corrió a la cocina y llenó la canasta con los postres que su mami le había preparado para la ocasión.

-         -             ¿Ya tienes todo listo hijita?
-         Sí mami – dijo mirándose nuevamente al espejo, tocando su cabello - ¿Me dejo los bucles sueltos o los recojo con un moño?
-         Así estás perfecta princesita.

Se despidió con un beso y se fue dando saltitos al parque. El sol iluminaba su camino. Ella feliz con su canasta en la mano y la sombrilla en la otra, saludaba a todos los rostros que se le cruzaban en el camino. Fue la primera en llegar así que se puso a armar el té. Sacó su mantel a cuadros rojos y las tacitas de porcelana china. En eso aparece Mimí, con un vestido color celeste parecido al de ella, pero no igual, nunca igual, no podría igualarla jamás. Tenía una vincha color blanca con un moñito en el medio. Ella la saludó con un beso mientras le servía el té.

-       -  ¡Corina! ¡Pero qué lindo vestido! – le dijo Mimí
-       -  Gracias, tú también te ves divina – dijo cogiendo unos pastelitos en un platito - ¿Te gustan las medialunas dulces?
-      -   Sí, pero solo me como una, ya sabes, estoy a dieta – Corina sonrió por debajo – Mira ahí viene Agustín – dijo Mimí con una sonrisa pícara a su amiga

Corina no podía disimular lo mucho que le gustaba Agustín. De inmediato, sus mejillas se pusieron más rojas de lo que ya estaban por el rubor y comenzó a sudar - se moría de vergüenza. Unas gotas comenzaron a caer sobre su rostro, había comenzado a garuar. Disimuladamente sacó un pañuelo de la canasta y un espejito del bolsillo, y comenzó a limpiarse las gotitas que iban cayendo de su frente.

-        - ¡Hola chicas! ¿Cómo están?– dijo Agustín, acercándose a cada una de ellas, dándoles un beso en la mejilla
-         - Todo bien, ¿Quieres una medialuna? – le ofreció tímidamente Corina.
-         - Sí – dijo Agustín con una sonrisa de oreja a oreja.

En un platito, ella empezó a poner un pastelito de cada clase para Agustín, mientras lo miraba, rojísima de la vergüenza. Alguien se acercaba a ella por detrás, observándola con sus amigos. Corina estaba tan nerviosa con la presencia de Agustín que no se dio cuenta del sujeto.

-         - Eh chica… ¿Estás bien? ¿Con quién hablas?

Agustín y Mimí se quedaron mirándola. Corina se quedó pasmada.

-         - ¿No me vas a hablar? – ella seguía sin responder – bueno nena, te dejo hablando sola, pero cuidado que te afanan las medialunas – dijo yéndose en tono burlón.

Corina miró a sus amigos y estos comenzaron a desvanecerse poco a poco con la lluvia. Su maquillaje corrido, su vestido mojado. El té se había arruinado. Se puso a llorar en silencio. Nunca se había sentido tan sola.

jueves, 18 de febrero de 2016

Emperatriz

Emperatriz mide un metro y cuarenta centímetros. Tiene brazos rechonchos, ojitos maliciosos de esos que se mueven al percibir el éxito del resto y usa por supuesto zapatos de tacón superior a los 10 centímetros. Trabaja de Contadora en el despacho del Doctor Mariño. Su jefe en sí no es doctor, pero estudió derecho unos ciclos, lo abandonó, pero cómo su papá era decano de la facultad lo hicieron graduarse hasta con honores. En fin, el Doctor Mariño tiene una mina en un pueblito escondido en la sierra y necesita a alguien que le vea las cuentas, mejor dicho necesita a alguien que le ayude a tapar sus cuentas. Tiene tantas que ya perdió la cuenta. Pero eso no es lo importante. Lo que importa es que Emperatriz está ahí para lo que él necesite.
Esa mañana, ella despertó como todas a las seis en punto. Su marido seguía durmiendo. Si, Emperatriz tiene marido, es un hombre muy delgado, alto que siempre tiene problemas con los mosquitos. O al menos eso le dice a Emperatriz puesto que siempre llega con el cuerpo cargado de chupetones. Ella lo miró de reojo, tratando de no contar los nuevos chupetones que traía en la espalda desnuda y le dio un beso en la mejilla. Papito no te olvides de llevar a la nena al colegio. El marido al escuchar a su mujer, comenzó a roncar. Emperatriz salió de la cama, se quitó el pijama y se dio una ducha, pensando en que si, quizás no era muy feliz, pero al menos tenía marido, una hija. Ella tenía una familia bien constituida, no como el resto de mujeres frustradas que son madres solteras o peor esas solteronas que dan pena, todo el tiempo regalándose a los hombres.
Salió de la ducha, ya cambiada con su sastre y sus tacones número 12. Su hija aún dormía y su empleada (sí, es que ella tiene empleada) estaba sirviéndole el desayuno.

-        Estoy a dieta ¡Ya te dije que no como pan!
-        Lo siento señora… ¿entonces le hago un juguito?
-        ¡Ya me tengo que ir a trabajar! Te tengo por las puras, no te olvides de llevar a la bebe al colegio si es que mi marido no despierta y claro de prepararle su lonchera, aunque sabes que ¡A ver enséñame lo que le vas a mandar!
-        Es fruta – dice la muchacha abriendo la lonchera de la niña – platanitos y fresas cortaditos, su juguito en cajita y un pancito con jamón
-        ¡Pero cómo has cortado esa fruta! Esta toda desigual, horrible, el plátano se ve marchito, tienes que aprender, cuantas veces te he dicho… por Dios, no sé porque sigues trabajando aquí
-        Lo siento patrona, lo volveré a hacer
-        ¿Y vas a botar la fruta? ¿Crees que es gratis?
-        No patrona, pero ya la guardo para un jugo
-        Jugo... ¿no? ¡Seguro te la vas a tragar! Ya, déjalo así nomás y dame mi lonchera, más te vale que sea algo light
-        Estofadito de carne señora, con frijolito
-        ¡Pero me has cargado de arroz! ¿Tú estás loca no? ¿Qué quieres que engorde?
-        Hay no señora ¿se lo saco?
-        ¡No! Lo voy a botar, prefiero eso a que te lo estés tragando con el cuento de “lo voy a botar” “lo voy a guardar”
-        Lo siento patrona
-        Ya, ya, yo me voy, ya sabes ordena bien todo y deja las cosas listas para el almuerzo que Lucho despierta con hambre
-        Si señora

Emperatriz carga su lonchera y su cartera y sale de su casa rumbo al paradero de buses. Es que no tiene auto. En realidad tiene uno en la casa, pero lo usa su marido y ella no lo usa porque el marido le dice que lo usa para trabajar. Entonces Emperatriz sube a su combi y va por Lima unos 40 minutos hasta la oficina de Mariño. Llega llena de sudor y fastidiada porque odia las combis, como es pequeña todos la empujan y la pisan. Cuando está cruzando la pista del paradero para llegar a su oficina, su celular comienza a sonar, ella mete las manitos en su cartera y contesta.

-        ¿Emperatriz?
-        Sí jefe, buenos días ¿En que lo puedo ayudar?
-        ¿Ya llegaste?
-        Sí jefe, estoy en la puerta del edificio
-        Ya, ven a la cochera, tenemos que hablar, apúrate y que no te vea nadie

Emperatriz sonríe, tiene la ligera esperanza de que el jefe la llame para algo más que ver cuentas, puesto que le ha echado el ojo hace muchos años y secretamente, moriría por ser una de las tantas amantes que tiene él. Entonces va corriendo y llena de felicidad al sótano, donde él la espera dentro de su auto.  Al verla llegar, él le hace una seña con la mano. Dos hombres custodian la camioneta del Doctor, uno de ellos le abre la puerta, ella ingresa sonriente.

-         Buenos días doctor
-        Hola Emperatriz… escucha, necesito que desaparezcas el trato con Armando
-        ¿Cómo?
-        El trato con Armando, los contratos, las transferencias, todo, quiero que lo hagas humo
-        Pero... ya todo está bien avanzado, las cosas están yendo… - él la interrumpe
-        ¡Desaparece todo! ¿Me escuchaste? ¡Todo! – grita con el rostro ligeramente colorado
-        ¿Se encuentra bien jefe?
-        Sube y borra todo, todo ¿me escuchaste?
-        Sí jefe

Mariño comienza a sudar, ve a su seguridad inquieta.

-        ¿Pasa algo? – grita el Doctor
-        No salga del auto doctor
-        ¿Qué sucede jefe? – pregunta Emperatriz
-        ¡No sé! ¿Qué coño voy a saber? Joder tienes que borrar lo de Armando, de una vez
-        Si, en este instante – dice abriendo la puerta de la camioneta, mirándolo de soslayo, contemplando los ojos verdes de él.


Emperatriz pone un pie fuera de la camioneta, levanta la cabeza y una bala procedente de la parte trasera le atraviesa la cabeza. El doctor se asusta, empuja el cuerpo y cierra la puerta con cerrojo, mientras el sonido de las balas retumba el estacionamiento del edificio.

martes, 7 de abril de 2015

La maleta

- Ayer... - empezaste a decir, tus labios temblaban.

Yo seguía mirando la pared, mientras una niña sonriente a mi lado, me daba cuerda sin parar. Me daba cuerda de una manecilla que sobresalía de mi cintura. Me daba cuerda para que yo baile. Tu hablabas, me contabas, me decías cosas que yo no quería escuchar. Seguías repitiendo lo que ya sabía. Y la niñita me sonreía, me daba cuerda, me daba ánimos. 

- No puedo evitarlo - me dijiste rompiendo en llanto

Miré a la niñita y me percaté de que tenía unos ojos muy bonitos. Eran grandes, castaños, eran tus ojos. Le sonreí y acaricie su cabello lleno de tonalidades, como el tuyo, como el mío. La niñita tenía un lunar bajo el ojo izquierdo, seguro era porque me lo miraba tanto frente al espejo cuando ella vivía en mí. Y sonreía lindo, tan lindo. Cómo cuando tu y yo estábamos conscientes.


No sé por que lo dije. Solo se que tu dejaste de hablar, de llorar, de gritar. Te acercaste a mí, seguiste mi mirada que se apagaba junto a la imagen de Aurelia que se desvanecía.

- Quizás tú también deberías...
- No - te corté - yo no - te dije mirando tus ojos grandes, castaños, los ojos de Aurelia. - Uno de nosotros tiene que estar consciente, mientras el otro no lo esta. ¿No te parece?
- No estas bien, yo tampoco. Necesitamos estar bien.
- Yo estoy bien. Te juro que estoy bien. Ahora... termina la maleta. Terminala y vete ya.


lunes, 20 de octubre de 2014

Shh...



Me lo dijo de noche. Me lo dijo bajito, cómo si fuera un pecado. cómo si fuera prohibido.

viernes, 18 de abril de 2014

Tara estaba triste


Tara estaba triste. Devastada quizás, pero no quería aparentarlo, no quería que nadie se entere y así estaba bien. No es bueno estar ventilando las desgracias. Echada en su cama recordaba sus miradas a escondidas, sus palabras recortadas, su pobre ego desinflándose.
Tara estaba triste y era su propia culpa. Hizo cosas demás, dijo cosas demás. No se pudo controlar, lo dio todo a cambio de nada. Lo peor es que sabía que nunca iba a obtener nada. Ni siquiera un sincero beso, menos un orgasmo.
Tara estaba triste, pero también molesta. Con ella misma, más que con aquel sujeto. En realidad, este ya había pasado a otra vida en lo que respectaba a la suya. No lo quería cerca (quizás nunca lo quiso), no lo extrañaba. Tan sólo tenía esas ganas de aplastarse la cabeza con una roca para que el universo se estabilice.

Tara estaba triste, pero ahora entendía su error. Los clavos son clavos, se sacan uno a uno, no se entierran sobre ellos. Las consecuencias eran estas. Pensamientos absurdos, la cama vacía, los recuerdos escondidos tras recuerdos de otros besos. Siempre él. Maldita sea, siempre él.


Tara Knowles, SOA S1

domingo, 22 de diciembre de 2013

El chico que no dejaba de hablar



Había quedado en verme con él a las ocho de la noche para comprar unos regalos y de ahí ir al cine. Yo que estaba en la peluquería intentando matar la cantidad de colores que tenía en el cabello y dejando que me pongan pestañas postizas una por una. Cuando me di cuenta de la hora, ya se me estaba haciendo tarde, así que le dije que iba a demorar 20 minutos más. En el camino lo llame para avisarle que ya estaba cerca y que vaya saliendo. Pero parece que no entendió bien la palabra estaba cerca, porque cuando llegue, el aún no salía de su casa. Para colmo de males estaba lloviznando y mis pestañas nuevas no iban a resistirlo. Así que me quede esperando escondida en el paradero media hora, donde me empujaron más de 10 veces. Es que ya sabrán el paradero del metropolitano en la noche es un caos. Ya congelada y media mojada llegó en el auto de su hermana. Desde que entre al auto lo note nervioso. No me miraba, es más evitaba hacerlo y se ponía a hacer bromas que sólo él entendía. Yo sonreía bajito, y en un par de ocasiones le dije que mejor… se calle, pues algunas bromas eran un poco crueles. Fuimos a comprar obsequios al centro comercial y ahí la cosa se complicó un poco más. Y no solo eran las bromas, empezó a caminar rápido delante de mí. Me dejaba atrás, no quería caminar a mi lado, no sé qué rayos le pasaba. Así que disimulando mi molestia le regale una sonrisa y le dije que no vaya tan rápido, que no me deje atrás. El me miro de reojo y dijo: Pero es que tú te demoras un montón, todo lento caminas. No lo dijo molesto, lo dijo burlón, nervioso.
Luego de eso empezó a reírse y seguir haciendo bromas que insisto, sólo él podía entender. Yo estaba un poco fastidiada y la verdad es que quería irme, pero dije, tranquila ya se le pasará, pero fuimos a pagar y no se le pasaba. Parecía un chiquillo malcriado de 31 años, y yo no le encontraba la gracia a nada de lo que hacía, ni a sus gestos obscenos con el dedo medio ni a sus risas nerviosas tontas.
Quería irme, no había forma de que vaya al cine con él, además él se había olvidado de ello. Así que estuve  a punto de llamar mi taxi, pero me deje convencer por él de quedarme un rato para ir a comer algo. En el camino lo veía más ansioso. Subía y baja el volumen de la música, por cierto música horrible. Esa música pachanguera, las culisueltas y wachiturros.

Llegamos al café y comenzó a comer, ahí cómo que se calmó y yo me sentí más tranquila. Pero termino su comida y sus ojos ansiosos se iluminaron. ¿Qué hacemos? Me preguntó. Mi casa, le dije, quiero irme a mi casa. Tú mañana tienes que viajar y yo tengo un compromiso con mi familia. Claro que eso aunque era cierto, era un pretexto. Yo quería evitar mandarlo a volar. Había salido dos veces antes con él y la habíamos pasado muy bien. Sentía que me estaba empezando a gustar, así que dije, mejor nos despedimos, el ese calma un poco y nos vemos otro día. Pero él nuevamente insistió y esta vez, cuando quise llamar a mi taxi, me quitó el celular. Supongo que en otro momento me hubiera ido corriendo de ahí, pero dije… tranquila, ya se está calmando, se hace el gracioso, síguele la corriente un rato más y te vas. Así que eso hice. Lo que siguió a continuación fue lo siguiente: Estaba ansioso por tomar cerveza y comenzó a dar vueltas para buscar trago. Yo al comienzo pensé que era una más de sus estúpidas bromitas de la noche, pero no. Estacionó en una licorería y trajo dos cervezas para él y una botella de agua para mí. Más incómoda que nunca intente disimularlo diciéndole que estaba manejando, que mejor no tome y empezó a decir que era un borracho. Luego estacionó cerca de un parque y comenzó a tomar. Yo trate de no ver tan mal todo esto e intente hablar con él, cambiarle el tema. Pero el insistía con sus bromas que ahora eran cada vez más raras. Tengo que declararte mi amor. Lo miré ya sin mucha gracia y el no dejo de hablar. Dijo que no podía más y que ahora estábamos juntos. Yo me reí y no le hice caso, pero él me insistió que le responda si aceptaba. Entonces le dije que aceptaba riéndome, entonces la broma se le fue de las manos por que siguió con el jueguito y yo a esas alturas, ya no tenía intenciones de volver a salir con él. Así que le dije, mejor llamo a mi taxi y eso hice a pesar de que quiso volver a quitarme el teléfono. El taxi venía en una hora y yo, no tenía ganas de aguantarlo ni cinco minutos más.  Creo que se dio cuenta porque se quedó callado un momento, pero claro sólo un momento. Ahora somos enamorados, dijo. Yo lo miré y pensé: Mierda, lo había dicho en serio. Si no fuera en serio, ya la bromita se hubiera acabado hace rato. El tiempo pasó y le pedí que por favor me acerque en el camino para que mi taxi me encuentre antes. Me llevó en silencio, lo vi contrariado. Con un poco de temor y queriendo asegurarme de que no había metido la pata comprometiéndome con ese troglodita que antes parecía tan caballerito, tímido y dulce le dije: ¿Ha sido una broma eso de tu declaración? Me dijo ¡Obvio que es una broma! Para ser enamorados, tenemos que estar enamorados, además ¿Tú sientes que te amo? No, le dije un poco asustada a punto de abrir la puerta del auto en movimiento. Tú tampoco me amas. ¿Pero, que, acaso quieres que estemos? Esto no es así, o sea salimos vemos que pasa, primero una amistad. Yo sólo atine a mirarlo y decirle: claro, la cosa debe fluir, mientras en mi mente me decía, pero esto entre nosotros si iba a fluir, ya se fue al carajo. Así que en un ataque de sinceridad le dije: Mira sabes que, a mí no me gusta salir mucho tiempo, o sea… - iba a decirle que mejor lo dejábamos ahí nomás pero me interrumpió – o sea que, tú te enamoras rápido, ahí nomás quieres estar. No, le dije. Pero era en vano, su cabeza estaba en otro lado. En la vía expresa los carros pasaban a gran velocidad y yo sabía que si me lanzaba del carro, aparte de romperme un hueso, posiblemente un carro atrás me aplaste. Así que me quede callada y recé para que mi taxi venga, pero no venía y la espera era eterna. Debes tener sueño, le dije. Tuve que llamar desde antes al taxi. ¡Pero lo llamaste hace una hora, no puede demorarse tanto! Mire por la ventana y me dije que la cosa se hubiera solucionado si él me hubiera llevado a mi casa, pero el niño no sabía ni quería saber dónde vivía y prefirió dar vueltas en el auto sin dejar de quejarse, de porque tardaba tanto. Yo cada cinco minutos llamaba al taxi para ver por dónde estaba, pues si no lo hacía, creo que él iba a empezar a hacerlo, ahora parecía algo enojado aunque lo disimulaba con una sonrisa un poco tonta. Luego de eso, hubo muchos silencios, y fue ahí, donde deje de mirarlo, escucharlo y fingía concentrarme en mi celular. En ese momento, su rostro pareció transformarse y sentí que el chico con el que había salido antes, estaba volviendo. El estacionó el auto y me dijo: He hablado mucha huevada hoy ¿no? Demasiadas, le dije sin mirarlo. Si, pucha, muchas tonterías he dicho, no me callo, no sé porque hablo tanta tontería. Mientras él hablaba, marque nuevamente al taxi. Estoy a la espalda, me dijo el taxista. Le dije a él que me acerque una cuadra más para encontrarme con taxi y creo que ahí se dio cuenta de que la cosa se había roto. Cuando salí del auto, al fin me sentí aliviada. Pero a la vez, sentí pena por el alma en pena que se quedaba en penumbras quizás arrepentido de todo lo dicho, o quizás feliz de verme bajar.­­
 

Blog Template by BloggerCandy.com